…¡quiero que me sepulten cerca del río bajo el
Arturo Doreste
A pesar de la separación física, de apenas unos pocos kilómetros, la Isabela fue siempre parte de Sagua, aun cuando sus habitantes, en su comprensible afán de conservar la identidad pueblerina, se empreñaran en llamarse “isabelinos” y no sagüeros. Y los de acá, miramos siempre hacia el vecino poblado con cierto paternalismo, a lo hermano mayor. Pero, por encima de esas manifestaciones superficiales, siempre estuvimos profundamente identificados los unos con los otros ante la comunidad de intereses y como resultado también de indisolubles lazos de sangre.
Si se le miraba desde la altura, la Isabela asemejaba una larga serpiente marina que se adentraba en el mar, con sus extremidades traseras apoyadas en las Carboneras y las delanteras afincadas en la Punta; con el espinazo de su carrilera y con sus costados recostados sobre el río por un lado y sobre el mar por el otro, en la costa que miraba a la cercana cayería circundante.
En el centro del pueblo estaba el parque y a su lado la iglesia, punto de partida durante las tradicionales fiestas de Julio, de aquella procesión de la venerada patrona, la Virgen del Carmen, llevada en andas por los fervorosos isabelinos que se disputaban el honor de soportar la sagrada carga y de pasearla después en lancha por la bahía, en un ritual anualmente renovado con que se autosantificaban aquellos improvisados penitentes.
Frente al parque estuvo el Teatro Capitolio y también el Círculo Isabelino, destruidos ambos durante el ciclón del 33. Más adentro en el pueblo, el varadero, el Teatro Sans, la Planta Eléctrica y la panadería de Azcoitia. Y oteando en el horizonte, mirando hacia el mar, el Hotel Miramar, más tarde destruido por un incendio y en cuyo asiento sobre el agua se construyera después la moderna Capitanía del Puerto y la sede de los Amigos del Mar.
Los habitantes de la Isabela se dividían básicamente en dos grupos: las familias de los estibadores que se ganaban la vida en el duro bregar de los muelles y la de los pescadores que con el afanoso trabajo de sus chinchorros arrancaban al mar su cosecha, canalizada después hacia el mercado capitalino, a través de los trenes de pesca. El isabelino, cubano al fin, era franco, abierto y cordial. Adicto a la fiesta, adornaba con su algarabía los numerosos bares y tabernas cuando abundaba el trabajo, en un consumo de cerveza y otras bebidas, que iba algunas veces más allá de lo razonable. Porque el isabelino tenía fama de buen bebedor, pero era gente sana, siempre presta al espontáneo abrazo y a la efusiva confraternización.
Su espíritu gregario se manifestaba en instituciones como el Círculo Isabelino, por cuyos salones desfilara la sociedad isabelina toda, sin distingos de clases. O como los gremios de estibadores de mar y tierra o las lógias masónicas, lugares de perenne reunión de los hombres de aquel sencillo pueblo.
A la Isabela le han nacido muchos hijos que le han dado lustre en variadas actividades. Arturo Doreste, poeta insigne, cantó al terruño en inspirados versos. Juan Antonio Morejón, hijo también de la Isabela, ahora frecuente colaborador de “EL UNDOSO” desde su obligado refugio asturiano donde rumia la tristeza del exilio, dio y sigue dando muestra cabal de sus dotes de escritor. Otros han sido connotadas figuras de la vida pública, como el querido Oscar Valdés, empresario en su juventud del Teatro Capitolio, de los tres Teatros de Sagua más tarde y dos veces candidato a alcalde de Sagua (“Oscar Valdés García, tres teatros y una alcaldía”…¿recuerdas , Oscar?). Y aunque no fuera nacido en la Isabela, fue el Ingeniero Juan Manuel Planas el cronista de la Isabela, al escribir una fascinante novela cuyo título escapa a mi memoria, en la que describió la Isabela de sus tiempos y las imaginarias aventuras de un grupo de isabelinos que viajan al Mar de los Sargazos en pos de un quimérico tesoro marino.
Algún día volveremos de nuevo quizás a Isabela: a deambular por sus calles, húmedas aún, tras la bajada de la marea; a purificar nuestros pulmones de la contaminación citadina, respirando la limpia brisa marina; a escudriñar entre las aarugadas caras de los más viejos, en busca de algún rostro antaño conocido. Nos sentaremos frente al mar, como otrora, a saborear un delicioso arroz con mariscos o una sabrosa paella marinera, tras el obligado preámbulo de una generosa ración de Ostiones de Sagua, digo…de la Isabela. Porque en esto también están para siempre unidas Sagua y la Isabela: es en las aguas y en los manglares de la cayería isabelina que se crían los suculentos moluscos, pero fue Sagua que les dio el nombre con el que conquistaron su bien ganada fama entre los adictos a la buena mesa.
En esta interesante publicación mensual de 52 páginas se aborda la historia de toda la Jurisdicción de Sagua La Grande (luego Región), que abarcaba en sus inicios desde el río Sagua la Chica hasta la frontera con Matanzas, y desde los cayos en el norte hasta Cifuentes por el Sur, es decir la misma configuración geográfica que tenía el Territorio Indio Sabaneque a la llegada de los conquistadores, cuando Sagua (territorio) era un país.La revista se puede pedir gratis desde cualquier parte del mundo (incluyendo a Cuba, claro está) al siguiente correo:


















